Sencillez
EL SILLÓN DEL ABUELO
Javier Soriano Guerrero
Cuando tenía 14 años, por circunstancias familiares y económicas, mi madre me mandó con un hermano de ella, tío mío, a vivir dos años a un pueblecito de Chihuahua, Gómez Farías.
En aquel año, 1966, este pueblito tenía aproximadamente tres mil habitantes. Era un pueblo de campesinos, sin luz, los carros que había eran tirados por caballos. Había pocos automóviles o camionetas, la mayoría de modelos antiguos. Eso sí, circulaban muchos tractores.
Gómez Farías está ubicado en un gran valle, se veía una cadena de montañas, pero hasta allá a lo lejos. Cerca, había una laguna y bosques. Un ambiente campestre, definitivamente.
Había contadas tiendas, pero como a una cuadra del centro estaba la tienda más grande y surtida del lugar. En esta tienda vendían de todo lo necesario para la gente del pueblo. Desde abarrotes, quesos, frutas y verduras, ropa, aperos del campo, herramientas, etc.
Había una sola carnicería que vendía sólo carne de res dos veces al mes. Y no es porque no hubiera carne qué vender, sino porque mucha gente se iba al campo a cazar. Yo acompañaba a mi tío cuando iba de cacería. Nunca regresamos sin piezas.
En el bosque cercano nos íbamos a cazar patos, conejos, liebres y tortolitas. En invierno, íbamos a la caza de gansos y grullas en los plantíos de milpa. Eran bandadas de estas aves que oscurecían el cielo. La mayoría de ellas venían de Canadá y de Estados Unidos.
Quiero aclarar que la cacería se hacía para autoconsumo, no para presumir las piezas cazadas ni para la venta. También se podía ir a cazar venados, pero eso era más lejos y había que trasladarse en vehículo hasta las montañas que se veían a lo lejos. La cacería de venados tardaba unos tres días en ir y regresar. La cacería de animales menores era ida y vuelta en pocas horas.
Aunque no hubiera luz en el pueblo, había un cine que contaba con su propia planta de luz. Se exhibían puras películas en español, porque la mayoría de la gente era campesina y no sabía leer ni escribir.
La gente de Gómez Farías era amable, sencilla, cariñosa y muy atenta a los demás. Con ellos aprendí que no necesitas grandes y ostentosas cosas para ser feliz. Esta época de mi vida la recuerdo bastante y con mucho cariño por las cosas que allí viví y aprendí.
Entre lo que aprendí fue a ser amable con las personas. Allá todo mundo se saluda: niños, jóvenes, adultos; niños a adultos; adultos a niños, muchachas a los jóvenes, hombres a las muchachas, todo sin mala intención, inocentemente. El problema lo tuve cuando regresé a Acapulco. La gente me miraba extrañada porque la saludaba. Así estuve hasta que mis paisanos acapulqueños me quitaron la costumbre.
Otro aprendizaje fue montar a caballo. Tuve dos amigos con los que más conviví que tenían caballos. Ellos me enseñaron a montar y galopar. Cuando platico mis aventuras de este lugar siempre digo: La alegre vida del vaquero enamorado.
En Gómez Farías, Chihuahua, aprendí que lo más importante no es tener cosas, sino tener lo necesario para ser feliz y disfrutar la vida con las personas que más quieres. Por eso les digo: la vida es maravillosa, hay que disfrutarla.